¡Que terrible el martirizarse por el hubiera! Al pasado tantas veces lo queremos revivir y al futuro aplazar, que no nos damos cuenta de que lo único que realmente nos queda es el ahora y, aún así, vivimos ese ahora como si fuera infinito, pretendiendo que siempre habrá un futuro, cordial y pacientemente esperándonos, sin darnos cuenta de que a todo ahora le toma un instantito nomás, convertirse en pasado.
Muchas veces, sólo la edad es el catalizador de nuestras acciones. Y muchas veces ni siquiera eso lo es. No conozco persona sin ambiciones, planes y anhelos, el problema es que muchas veces me suenan a planes y a nada más, planes con los que tantas veces uno vive, sueña y muere, que nunca dejaron de ser más que meros planes y que en la agonía, supongo yo, han de convertirse en la peor de las frustraciones.
Luego vienen las justificaciones, las comodísimas e inútiles justificaciones. Lo sedan a uno, le permiten apaciguarse con ellas y continuar en la inercia y estática que al final, terminan por coartar las posibilidades de hacer lo que se quiere. Y ahí viene el hubiera y ahí vamos a lamentarnos. El arrepentimiento muy candido, siempre llega después, muy tarde, ¡ya para que lo quiere uno!, sólo ha de servir cuando sirve como medio para el cambio y como asesino de la estática.
Uno podrá estar muy deseoso de concretar sus planes, pero con la pura intención no se mueve un dedo. Para hacer las cosas ya, se necesita mucha pasión, mucha aversión al hubiera, mucha conciencia de que la eternidad se forma de segundos y las novelas y bellezas de la vida, de momentos, ¡y que desgracia sería aplazar estos hasta morir!
El tiempo siempre presente nos adormece, junto con él, nos vemos duraderos, ¡claro, que lejos el futuro para preocuparse uno por él!, el futuro es mera ilusión, al final nunca llega; cuando sentimos que ya nos alcanzó, aún sigue ahí; el problema es que para ese entonces, nosotros tendremos ya, más pasado que futuro y más intenciones que energías.
Durante nuestra vida, el tiempo no dejará de transcurrir. Estará ahí, muy constante y lo constante, se devalúa. No actuamos sino hasta el domingo de nuestras vidas y no sabemos si hoy es lunes o sábado…
martes, 10 de noviembre de 2009
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