sábado, 29 de diciembre de 2007

De santa, santos y la vida nueva.

Han sido días largos, la navidad por mi rumbo pasó de noche, sigilosa, invisible; mi rumbo está en esa etapa donde ya todos los motivos para celebrarla están perdidos; iniciamos a despedirnos de ellos cuando me informaron que el gordo barbón de rojo no existía, fue entonces cuando el ritual decembrino evolucionó.
Y continuó haciéndolo, y a medida que lo hacía, cachos de navidad se caían en el trayecto a diciembre, se caían, se rompían y se perdían para finalmente ser olvidados. Unos tantos años después, la navidad está tan presente aquí como la paz en Irak, y ciertamente no me entristece, ya que el motivo de dicha celebración me parece el engaño mejor contado de la historia.
Pese a mi escepticismo (el cual está fundamentado en ideas propias y en hechos de índole histórica y científica) tengo que admitir que me gusta la navidad, no por lo que significa, sino por lo que produce.
En diciembre las personas cambian (algunas). Se tornan por un pequeño periodo de tiempo en seres más amables, más considerados, menos egoístas, más sonrientes, más condescendientes, menos rencorosos y mucho menos tacaños, (insisto, algunas) por mencionar algunos de los rasgos que las personas suelen adoptar este mes.
Las empresas le dan un bono a sus empleados y los empleados un regalo a sus hijos, los hijos lo agradecen con ojos tiernos, brillantes de emoción y sonrisas gratas a los papas, al tiempo que les informan que el viejo Santa es todo un amor.
Claro que no es mi intención generalizar, para otros tantos navidad es una bofetada esperada en la cara, una reiteración de que nada mas alcanza pa’ las tortillas y los frijoles; para otros un bombardeo de cartas cuya única inscripción es “ESTAS SOLO”, a través de tantos comerciales y anuncios rosas; están aquellos que la navidad les trae tan solo una muerte por el desgraciado frío. Unos la viven como quieren, la mayoría como pueden.
Y viene el año nuevo, al cual le encuentro un sentido mucho más fuerte, ese de la renovación y la ambición por mejorar. Precisamente dentro de ese simbolismo de borrón y cuenta nueva, del ahora si, del adiós cigarro, del adiós cocaína, del adiós lonjas, y del ya voy a ahorrar, se encuentra la belleza de comenzar ese primero de enero tirados en la cama, recuperándonos de la borrachera de anoche, terminando apenas la digestión del festín de hace cinco días, exculpando la flaqueza de nuestra cartera con el termino de un ciclo.
¡Sea entonces, damas y caballeros, bienvenido el 2008!

lunes, 17 de diciembre de 2007

Uno de los placeres de la ignorancia.

Invadido por una incomodidad emocional, de esas que derrumban los planes ya establecidos y hasta idealizados talvez, decidí salir un rato a caminar; a mezclarme entre una multitud que me hace combinar mis reflexiones sobre ella, con mis propios fantasmas mentales. Dicha incomodidad fue derivada de un enfrentamiento donde una vez más, el tema a discusión estaba directamente ligado al dinero, y ante el avance de la confrontación de ideales, posturas, percepciones y opiniones, los planes se convirtieron por un fugaz momento en una utopía, en un sueño perfectamente estructurado pero que sin un componente, seguiría siendo un sueño.
Es por eso que decidí cambiar radicalmente la estructura de dicho sueño, moldeando su ejecución a mis posibilidades pero dejando intactas mis ambiciones. En fin.
Ya en un lugar apropiado, me vi inmerso en mis pensamientos y tarareos mentales de las canciones que zumbaban de los audífonos; al poco tiempo de mi estancia, abandoné el tema que me había llevado hasta ahí, pasando a analizar las acciones de los paseantes.
Y me di cuenta de cómo sumergidos en sus actividades, pulverizaban los minutos, bueno seria si dichas actividades fueran recreativas, requeteactivas, intelectuales ¡o que se yo! pero que fueran algo más que una fuga tan drástica de minutos, obviamente no puedo, no debo, y soy nadie para cuestionar el uso que terceros le dan a su ración de segundos, simplemente estoy expresando mi conmoción al notar como a tantos de nosotros se nos escapan las horas como aire entre las manos, como desechamos los minutos como si de un recurso renovable se tratase y como los segundos nos parecen tan cortos que ni nos damos cuenta que de segundos están hechos los minutos, los días, los años y los siglos.
Si el tiempo vale oro, cualquier recién nacido es más pudiente que uno; derrochamos la vida como si fuéramos inmortales; precisamente es ese el problema, que vemos nuestra hora final como un punto distantísimo en la eternidad.
A pesar de que a mi parecer, si tuviéramos los días contados, viviríamos más, he de decir que agradezco el desconocer la hora de mi partida, pues de saberlo, viviría tan pendiente de los minutos que estos terminarían por hartarse de mi y me abandonarían, pensaría tanto en como explotar mis días, que un sobrecalentamiento neuronal se robaría dichos días, las tardes no durarían y en las noches no dormiría pues pensaría que de una perdida inconcebible de tiempo se trata. Terminaría magullado por la constante presión de un tiempo que pretendía utilizar sabiamente.
Al final, un tremendo arrepentimiento carcomería mi conciencia, pues sabría que todo el tiempo estuve consciente de que ese momento se acercaba, sería victima de una ambición ya inútil, donde se me ocurren mil maneras de haber hecho más…
Bienaventurados pues, nosotros, que no sabemos si mañana vamos a morir.

martes, 11 de diciembre de 2007

¡Vete silencio!

Con tan hermosos sonidos, el silencio me parece una aberración.
Hace poco pensaba; mudo, contemplaba el entorno. Fue entonces cuando noté que son contados los momentos que vivimos en silencio absoluto; en esta ocasión, el silencio era quebrantado por el canto de unos pájaros por ahí afuera, y me asombre de la musicalidad que logran con sus pequeños picos y demás embrollo corporal.
Luego pensé en la música, en las notas, en el piano, la guitarra, el acordeón y el saxofón, la misma voz de un músico; como son capaces de producir tantos sonidos, tanta musicalidad, y tantas emociones por medio de esta, es infinita la cantidad de mezclas que se pueden realizar con tanto instrumento.
Y no tan solo instrumentos; la otra noche, acabando de cenar, comencé a golpear la mesa con los dedos, logré un ritmo que evoluciono conforme la constancia del golpeteo y me asombré de la melodía que creé con tan simple percusión.
Con tanta belleza sonora, el silencio me parece una perdida de vida, de tiempo.
Obviamente aprecio sus bondades, y se que es propicio para la reflexión y el análisis, que genera un enigma interesante, cautivante a veces. Pero si en el ámbito de la física, la carencia de movimiento es la estática, en el ámbito sonoro, el silencio me parece lo mismo; una detención, una parada.
Tantos sonidos y tantas mezcolanzas sonoras por lograr, me hacen desvalorizar y menospreciar al silencio. Aquellos que crean el silencio como una belleza después de la contaminación sonora de la ciudad, les digo que no es el silencio lo que les enamora, sino la ausencia de esos sonidos desordenados y poco estéticos.
Yo, al llegar a mi casa, impregnado de la fastidiosa feria auditiva de la cual fui victima en el trayecto, enciendo la computadora y pongo música. Dicen algunos que no estamos acostumbrados al silencio, y que prendemos la televisión, el radio, por sentirnos acompañados; talvez es cierto, pero cuando tú eliges los sonidos musicales que habitan tu morada a tu llegada, no es deshabito al silencio, sino gusto y entusiasmo por la bella melodía.

lunes, 10 de diciembre de 2007

Del raro y demás elogios.

Me han dicho raro un par de infinitas veces. Y nunca me he sentido ofendido, independientemente de si esa era la intención del que así me llamó.
Es abrumante, notar como la gente (alguna) utiliza el término raro como una ofensa, como un adjetivo cuya función es hacer sentir al otro mal; ¡y lo peor es que lo logran!
Entonces viene la reflexión; soy anormal, por lo tanto soy raro, entonces soy diferente y por lo tanto soy más único; únicos, es lo que todos deberíamos preocuparnos por ser. Escaparnos de tantos preceptos sociales que nos invitan e incitan a encajar, a pertenecer… Observando una sociedad francamente tan mierda, tan superficial, tan cerrada, tan adversa a la divergencia y enemiga de la diversidad, que ganas de pertenecer.
Si la gran generalidad fuera pensante talvez hasta me gustaría ser normal. Digo pensante porque a mi parecer, de ahí parten las bellezas de la conducta colectiva tales como la tolerancia, el respeto, el sentido común, la libertad de pensamiento y expresión y demás especimenes cuya presencia brilla por su ausencia tantas veces hoy en día.
Si cada uno valorara, expresara y se comportara acorde a su individualidad realmente, todos seriamos unos raros, nuestra singularidad destacaría para bien y para mal.
Y es que somos humanos, hombres y mujeres, pero tú eres tú y yo soy yo; bien dicen que cada cabeza es un mundo, pero yo digo que algunas son un Saturno, algunas un Venus, algunas un Júpiter, unas pocas una Vía Láctea y otras contadas un universo.
Pero cuidado con la soberbia, que nos hace creernos universos.
Me proclamo pues, basándome en la palabra propia y ajena, un raro, ¡rarísimo!
No le temamos a la singularidad, pues de ahí deriva la capacidad de destacar.
Somos raros por naturaleza, pero les gusta decirse normales; yo ya suficiente normalidad tengo con no tener tres ojos ni cinco brazos.

lunes, 3 de diciembre de 2007

Cuento: Obituario.

Dobló la calle. Ya sabía que encontraría; lo tenía previamente visualizado; hasta el más ínfimo detalle estaba ahí, como si fuera de hecho, un vidente. Así pasaba ya con tantos parajes.
Se sorprendió al pensar en el infinito número de rostros que miraba día con día, que incluso a veces, analizaba; de cómo parecían nunca repetirse a pesar de su constante vigilancia, la gente se multiplicaba. Estaba acostumbrado a digerir sus miradas en sus distintas expresiones, las que lo castigaban con desagrado y desprecio; las que revelaban una lástima indiferente, las que examinaban cada centímetro de su ser, intimidantes. Estaban también aquellos que le regalaban compasión expresada en una moneda.
Miró a su alrededor. A su manera de ver, tenía la casa más grande de todas, de pasillos interminables; solo que estaba prohibido entrar en algunas habitaciones, pues estaban ocupadas, y su sentido de la privacidad era incorrompible. Tenía varios inmensos jardines, que compartía con todos. Le gustaba el cielo, no se lamentaba por la ausencia de techo en su casa.
De nuevo, ese desgarre interno que demandaba a gritos alimento. No conocía ese vació como carencia, sino como su estado natural, pero sabia identificar cuando era realmente necesario atender a su llamado; después de todo, lo acompañaba desde su más añejo recuerdo. Con desgano, metió la mano en la bolsa de su pantalón y sacó un puño de monedas. Después de unos minutos de inspección y cálculo concluyó: “Dieciséis”; suficiente para calmar el hambre con Don Luís, pensó; aún sabiendo que sus monedas serían resistidas por sus ya viejos conocidos.
Casi una hora después, caminaba con cinco tacos sometiendo el hambre en sus adentros y con esos dieciséis aún en su bolsillo. Decidió reposar en la fiel banca del parque de Avenida Central. Somnoliento, dejó sus parpados caer, con la mano extendida, esperando ser victima de la caridad de algún paseante.
De repente, el matiz del cielo anunciaba la conquista de la luna. Decidió continuar el trayecto. Tantos años deambulando le habían obsequiado un físico más que aguantador, conocía al frío suficiente para saber lidiar con sus caprichos, sin embargo extrañaba esa época donde el calor reinaba, pues es un tipo más amigable.
No necesitaba un reloj para conocer mejor que nadie los horarios de la ciudad, ni un mapa para introducirse con destreza en los rumbos más complicados, “guía de turismo de no ser por sus perros requisitos” murmuró con sarcasmo.
Se sentó en la acera de una calle infestada de comercios caros, dotando al paisaje de un contraste impresionante. Solía envidiar a los paseantes, portadores de todo lo que tantas veces anheló celoso, al tiempo que se sorprendía de su derroche ostentoso de billetes… pero ya estaba acostumbrado a ello, tanto como a todo lo demás. Desconocía el lujo, tanta escasez le había robado cualquier ambición.
Uno de sus únicos placeres, era presenciar el gradual desaparecer de la gente. Le divertía intuir a donde iban tantas personas, donde escondían tantos autos. Disfrutaba el quedarse ahí, solo, admirando el juego de las luces, descubriendo el nuevo acomodo de los aparadores; sintiendo dolores cuya presencia ya no sufre, envuelto en un hedor que por más denso, ya no reconoce.
Las calles vestidas de luces amarillas, divulgaron con su silencio la llegada de la madrugada, la hora muerta, la que más disfrutaba Jonás.
Pero la calma fue infringida por risas a lo lejos, muy lejos. La curiosidad se apoderó de él y decidió caminar en dirección a las voces que insistían en disipar la tranquilidad propia del momento. Conforme su avance, las risas se multiplicaban, crecían en escándalo. Pera eran ya varias cuadras sin lograr divisar al causante o causantes de su caminar; se detuvo, miró a todos lados y abrumado por la inmensidad, decidió resignarse. Se recargó en la pared de un viejo local de zapatos.
Las risas se ausentaron.
Liderado por el impulso, decidió seguir caminando. Se infiltró en una pequeña calle y siguió una ruta improvisada, para darle frescura al trayecto. A medio cruzar de una calle, las risas lo emboscaron de nuevo, esta vez casi contiguas; se contuvo, absorto. Dobló a la izquierda, en dirección a los sonidos, tiñó el paso de impaciencia y al término de una cuadra, dio con un parque que parcamente recordaba. Examinó el paisaje, al fondo, varias siluetas formando una clase de circulo.
La desdicha le regalaba un valor propio de un suicida, y decidió caminar hacia ellos. La imagen se esclarecía ante su avance, eran cinco hombres, todos con aspecto semejante al suyo; harapientos, cubiertos en tonos oscuros delataban suciedad, de cabello abundante y estático. Ninguno de ellos parecía avisar la venida de Jonás.
Hasta que era ya demasiada su cercanía, los tres que le daban la espalda voltearon, pues los dos de frente se habían ya percatado de su presencia y le habían clavado la mirada.
El ritual de miradas fue intenso, pero no había tensión en él, simple observación, como de expectativa. De repente, uno de ellos, que sostenía una botella de lo que a primera impresión parecía ser agua, gritó entre carcajadas con espectacular animo: “¡UN TABACO EN LA FILA!”
Todos los demás, rieron escandalosamente con él terminada la exclamación y abrieron camino, sugiriendo la integración de Jonás al circulo. Atónito, Jonás acepto la invitación.
Una vez en el círculo, se le acercó aquel que había gritado, esbozando una sonrisa enorme y alzó la botella que cargaba, a manera de ofrecimiento.
Jonás no conocía esa sensación de invitante aceptación, no había probado una hospitalidad tan sincera desde que podía recordar. Tomó la botella y bebió.
El sabor era amargo; sin darle mayor importancia, continuó bebiendo. – ¡Ya! – escuchó.
Uno de ellos le arrebató la botella, Jonás no opuso resistencia.
Jonás miró a los demás, rolaban la botella; miró alrededor y súbitamente cada objeto en el panorama comenzó a agitarse sutilmente, esto le produjo gracia y comenzó a carcajearse; de tanto movimiento perdió el equilibrio, y ahogado en risas se tiró al pasto, miró su adorado cielo, negro azulado, mas brillante que nunca, cada estrella bailaba al ritmo de su risa, lograban formas, todas le sonreían, lo invitaban, de repente se acercaban con rapidez, el cielo se caía al son de su alegre alarde. Todo era hermoso, imposible; las estrellas chocaban en sus pupilas, menguaban su visión… y de repente, el cielo terminó de caerse en sus ojos. No deseaba volver. Dejó caer los parpados; emocionado, sonriente, feliz, Jonás se fue para siempre, de su casa.

Cuento: Homicidas.

A pasos cortos, se alejaba del discreto café. Como era usual, su belleza destacaba entre la multitud, logrando numerosas miradas, algunas sutiles y otras tantas descaradas.
Sin embargo, su mirada ausente y el desgano delatado en su caminar, le robaba cuantiosa presencia ante los paseantes. Su porte se desvanecía conforme cada paso; y es que le era imposible dejar de pensar en la indiferencia mostrada por ese que consideraba uno de sus mejores amigos.
Fue un encuentro breve, el trato entre los viejos amigos fue distante a pesar de la supuesta fraternidad que hace ya tanto habían prometido.
La decepción invadió a Lucia. Sin mínimo ánimo de causar lastima, se había desahogado por completo con él. Se explayó como con nadie, esperando recibir más que consuelo, comprensión. Una muestra de amistad. Una bofetada de realismo, de esas que abren los ojos, sacuden la conciencia y drenan la desgracia.
Pero no fue así, León había cambiado. Siempre había sido voluble pero nunca lo suficiente para dar la espalda cuando se le rogaba aliento. Inocente, blanda, incluso tonta, la había llamado. Lucia no supo como contestarle, por miedo a que tuviera razón.
Se sabía pesimista a veces, pero no era gustosa del drama. Continuó caminando.
De un momento a otro, sus pensamientos se infestaron de Julián, Lucia se ahogó en ese masoquista derroche de recuerdos, logrando una vez más, el acuchillante despliegue de sus sentimientos encontrados, esperando un nuevo distractor que la hiciera volver.
Sin darse mucha cuenta de su posición, estaba dispuesta a cruzar la avenida, pero fue la luz verde acompañada de ese contiguo rugir de motores la que de golpe la hizo aterrizar. “Maldito Julián me vas a matar…”
El frío se colaba entre cada capa de tela, inyectándose en sus ya débiles huesos.
No había comido hace tres días y se sorprendía de cómo los que él llamaba amigos, ignoraban o se mostraban indiferentes a su ausencia... pareciera que el universo se conjugó para motivarlo a concretar lo que hace apenas unos días, aún pensaba con miedo. Mientras tanto, había de redactar esas palabras cuyo único fin era acusarla, al tiempo que le informaba de su inminente decisión.
Las regresiones eran tortuosas, pero le obsequiaban gran determinación. Bastaba recordar solo aquel día para convencerse más de que ya nada cambiaría, que cualquier nuevo intento terminaría en enfrentamiento. Sabía que era ya demasiado el orgullo de Lucia, pero él tampoco estaba dispuesto a ceder.
La luna conquistó el cielo y con ello, Lucia emprendió el camino al departamento. Había pasado la tarde en el parque, pensando en como su vida aún giraba en torno a él, en como adoraba que así fuera. Deshaciéndose de los demonios que le impedían perdonar y pedir perdón. Estaba emocionada, había olvidado esa sensación de alegre expectativa. Mientras caminaba, repasaba con entusiasmo el discurso que planeaba declarar esa noche por teléfono.
Dos cuadras antes ya tenía las llaves en la mano y notó a distancia que el auto estaba intacto. Arribó, una vez abierta la puerta, puso un pie dentro y escuchó un crujir. Miró hacia abajo y notó un pequeño sobre…

“Sería tonto prolongar la agonía que has causado; a mí, y a lo que sea que haya entre nosotros. No sé como esperabas que todo fuera igual, después de haberme engañado tanto, de haberte burlado de mi confianza con ese maldito.
Sabes que tenía derecho a reclamarte y a reaccionar de esa manera, no sé en que mente cabe esperar una reacción tranquila y comprensiva ante algo tan humillante.
Te es muy fácil sumirte en orgullo y demandar una disculpa, pero en ningún momento me arrepiento ni me disculpo de lo que dije.
Me incapacitaste a tu ausencia, me dueles en cada centímetro. Pese a todo, me despido agradecido pues lograste convertir mi infierno en algo hermoso, aunque por menos tiempo del que habíamos prometido.
Agradecido por cada momento y últimamente, por darme la determinación que necesitaba para terminar por fin con todo esto.
Me robaste infinitas sonrisas. Hoy me regalas el valor para abandonarte, a ti y a todo.
Ha sido un placer.
Julián”

Cada partícula de Lucia se congeló por un instante. Estremecida, tomó el teléfono y tecleó un número con una maestría que parecía entrenada. Sin saber que esperar, aguardó impaciente en la línea. Nunca había deseado tanto la voz de su Julián. Bastaron dos intentos sin respuesta para que tomara las llaves del auto con urgencia y se dirigiera a este.
En la calle, Lucia descargó el desgarre emocional en el acelerador. Las ráfagas de viento ya quemaban sus ojos inundados mientras mantenía con firmeza el volante.
Pero su mente se ahogó en pensamientos pesimistas y desesperados que menguaron su atención paulatinamente, hasta hacerla desaparecer. Una luz roja y un súbito desvió.
Lucía encontró en un árbol cualquiera la autopista al olvido.