Estupidas leyes, no comprenden.
Hoy se desvanece mi presencia. Hoy me convierto en recuerdo.
En unas horas, te conviertes en homicida.
Y en este instante, gozaría de demandarte. De mandarte a alguna fétida prisión, donde tus rudas y fornidas compañeras te odiarían, por haberme regalado un ataúd.
Donde tu conciencia, como tu única acompañante, te devoraría.
Pero a los ojos de cualquier tribunal, eres una santa.
Algunos se van cuando las lágrimas abundan más que las vitaminas, los carbohidratos y demás componentes vitales cuya denominación desconozco y no me interesa. Cuando los huesos se adhieren ya a su piel por falta de ingesta.
Otros, como yo, evaden la agonía final, por miedo a ella.
Mis queridos, desaparecidos amigos. Antes me llamaban, me ayudaban, me hacían sonreír por unos minutos. Una sentida disculpa por el malgasto de su tiempo.
Antes les interesaba, antes trataban de introducir a nuevas personalidades que según ellos, derramaban encanto, y eran buenas en la cama. Pero yo no quiero una belleza irreal, tampoco una ninfa, no quiero compasión. Yo te quiero a ti. Yo te quería a ti.
Tan tierno y maldito cliché, te odio porque no puedo hacer nada más que amarte.
Pero hace ya mucho, amarte me acuchilla.
Te convertiste en futuro verdugo con esas palabras. Me gusta pensar que las pronunciaste porque me pensabas de acero, no por cruel.
Me llamaste frió. Hoy te demuestro inútilmente, que no es así.
Ya me aterra otro día. Cuando no soportas el paso de los segundos, ¿que mas se puede hacer? ¿Que se supone que haga? ¿Fornicar con un millón? No, me asusta un cuerpo sin tu rostro.
Me fugo de esta existencia ausente.
La lista de soluciones se reduce ya a una. No por pesimista y premeditado pues créanme, la esperanza fue mi último romance. Amor, desvaneciste mi objetividad, desmoronaste la esperanza.
Me ahogo en locura. Pago con mis latidos el remedio a una demencia que no debería…
¿Por que nadie te condena? Porque el loco soy yo.
Pese a todo, la verdad es que no te deseo tragedia. Si el karma existiera, tú muerta estarías.
Mi último anhelo, es que te des cuenta de que eres afortunada.
Afortunada, por haber causado tan inhumano desangre y no cumplir una sola sentencia.
Nadie te va a culpar. A los ojos de nadie eres cruel, soy el único que te conoció aquella capacidad que de tan enorme, parecía entrenada.
Afortunada, porque ante todo respeté tu solicitud de lejanía de mi parte, aun me costara este mar de lágrimas y hoy, la respiración.
Me incapacitaste a tu ausencia.
Me dueles en cada centímetro.
Has cambiado.
Me robaste un millón de sonrisas, hoy me robas la vida.
Aquella vez me robaste el aliento, hoy lo harás literalmente.
jueves, 27 de septiembre de 2007
martes, 25 de septiembre de 2007
Callejón de la revancha. Martillo del perdón.
Tantos años he vivido.
Y en mi memoria, pasillos de inmensa magnitud, incalculable longitud.
Siento la caricia de la remembranza que invita, y me guía sutilmente a recorrer estos pasillos plagados de fotografías, de videos, de sonidos, de momentos.
Sonrisas, suspiros.
De repente, la incomodidad me ronda. Me acerco a un capitulo que cuando creado, contaminó la apariencia del aquel pasaje. Mi mente se entinta de curiosidad y mi paso de impaciencia, me posee ese morbo por recordar lo que pretendemos olvidar.
Llego por fin. Descubro una laguna de lágrimas, diviso un eco infinito de gritos acercándose, logrando mayor nitidez conforme su avance, taladrando mis oídos, torturando mi conciencia.
Vestigios de aquel enfrentamiento de tintes épicos.
Vestigios que dejaron corrompida la estética de aquel pasillo.
La iluminación decrece y la atmósfera se torna oscura. Es mi conciencia, que envuelta en orgullo e inmersa en una dignidad lesionada, se ahoga en vergüenza y decide privarme de visión.
El hedor inconfundible del rencor se filtra por las paredes y decido que es tiempo de abandonar el ya tétrico lugar, tiño entonces de desesperado apremio el paso esperando escapar, pero aquel hedor me sofoca, reprime mi paso y se cuela en mi interior.
Devora mi ética, despedaza mi moral, despierta esa vieja furia dormida y planta en mi conciencia el deseo de venganza…
Aquel pasillo es ya un callejón. Y lo será hasta que concrete la sucia ambición que el recuerdo forjó en mí, o hasta que el perdón mas sincero quiebre sus paredes.
Y en mi memoria, pasillos de inmensa magnitud, incalculable longitud.
Siento la caricia de la remembranza que invita, y me guía sutilmente a recorrer estos pasillos plagados de fotografías, de videos, de sonidos, de momentos.
Sonrisas, suspiros.
De repente, la incomodidad me ronda. Me acerco a un capitulo que cuando creado, contaminó la apariencia del aquel pasaje. Mi mente se entinta de curiosidad y mi paso de impaciencia, me posee ese morbo por recordar lo que pretendemos olvidar.
Llego por fin. Descubro una laguna de lágrimas, diviso un eco infinito de gritos acercándose, logrando mayor nitidez conforme su avance, taladrando mis oídos, torturando mi conciencia.
Vestigios de aquel enfrentamiento de tintes épicos.
Vestigios que dejaron corrompida la estética de aquel pasillo.
La iluminación decrece y la atmósfera se torna oscura. Es mi conciencia, que envuelta en orgullo e inmersa en una dignidad lesionada, se ahoga en vergüenza y decide privarme de visión.
El hedor inconfundible del rencor se filtra por las paredes y decido que es tiempo de abandonar el ya tétrico lugar, tiño entonces de desesperado apremio el paso esperando escapar, pero aquel hedor me sofoca, reprime mi paso y se cuela en mi interior.
Devora mi ética, despedaza mi moral, despierta esa vieja furia dormida y planta en mi conciencia el deseo de venganza…
Aquel pasillo es ya un callejón. Y lo será hasta que concrete la sucia ambición que el recuerdo forjó en mí, o hasta que el perdón mas sincero quiebre sus paredes.
miércoles, 19 de septiembre de 2007
Tiempo.
Me es difícil juzgarte. No deseo tu furia.
Me resulta demasiado comprometedor emitir una opinión sobre tu actuar, sobre tu manera de hacer las cosas, sobre tu manera de presentarte ante mi.
Todo esto en sentido, digamos, figurado.
Pero esta siempre latente aquel enterrado y angosto callejón mental donde tememos que nuestros disparatados miedos puedan ser de hecho, posibles.
Me asusta la idea de que en algún plano ajeno al conocimiento de la ciencia, imposible de comprender para nuestras aún primitivas mentes, te sepas capaz de actuar a conciencia, que el mismo misterio del cual proviene la humanidad te haya dotado de inteligencia o siquiera de instinto.
Pero considero esta bizarra y fugaz alucinación demasiado imposible, así que hablare pestes y maravillas de tí a dulce voluntad.
Charlatán. Miro al reloj y me prometes abundancia, te gritas suficiente. Gracias a algún presentimiento enemigo tuyo que osa desenmascararte, miro al reloj de nuevo y me doy cuenta de tu deslealtad.
Tu traición, como siempre, deriva en llamadas o mensajes, avisando impuntualidad. Lográndome presa de reproches que ya estoy cansado de escuchar.
Tantas reincidencias te hacen ya muy indigno de mi confianza, me convertiste en esclavo de las alarmas y los recordatorios electrónicos… Súbdito también, del temporizador que te delata cuando corres en vez de caminar, que frustra tu intento por emprender el vuelo. Amables herramientas que algún día dije inútiles y predije empolvadas ante mi indiferencia, que han ahora logrado inmensa gratitud de mi parte.
Mentiroso. Te dices vasto y suficiente, logrando calma de mi parte, solo para aprovecharte de ella, de mi estado carente de vigilancia, y en lo que yo concibo como un breve momento, has ya violado y sodomizado al indefenso minutero.
Desalmado. Bastardo desconsiderado, te importa un bledo si logras mi despido o suspensión de alguna institución o empresa. O talvez es precisamente tu intención, intuyo que presencias con sumo placer la desgracia ajena.
Te tomas la calma del mundo para caminar durante los momentos que aborrezco y tiñes de impaciencia tu paso durante aquellos que gozo.
Inmundo fetichista de los estragos que provocas.
Algún día, lograras que mi cabello se torne blanco y que mi piel cuelgue. En susurros, te maldigo por adelantado.
Ahora que desahogo mi sentir por ti, me doy cuenta de que existe un rencor subyacente ante lo que eres, ante lo que desencadenas, pues lenta o rápidamente, desvaneces todo lo existente, excepto a ti mismo.
Ya no se que maravillas pensé que hablaría de ti.
Pero sería inútil odiarte. Tu presencia se posará sobre mi existencia hasta el día en que alguna fatal coincidencia convierta en un instante el lapso que de haber sido otra mi suerte, hubieras estado junto a mí.
O hasta que algún montón de células maliciosas se apoderen de mi cuerpo y de mis esperanzas de vida, dictando una imprecisa sentencia que consumada, lograra tu huida de mi lado.
Si la fortuna me aprecia, hasta que aquel eterno misterio decida que te has agotado para mí, que ya no puedo tener más de ti, que es momento de que me devores.
Sigilosamente estarás aquí, transcurriendo, hasta que el azar conjugado con mis precauciones decida las razones por las cuales te fugarás de mí. Y las estadísticas me permiten darme el lujo de ser optimista, es por eso que te predigo a mi lado por varias décadas más, he de aprender a apreciarte, a manejarte y a exprimirte.
Mientras tanto, no me queda otra opción que permitirte el continuar desmoronándome, llevándome de la mano a mi fin… yo me encargaré de disfrutar el trayecto.
Me resulta demasiado comprometedor emitir una opinión sobre tu actuar, sobre tu manera de hacer las cosas, sobre tu manera de presentarte ante mi.
Todo esto en sentido, digamos, figurado.
Pero esta siempre latente aquel enterrado y angosto callejón mental donde tememos que nuestros disparatados miedos puedan ser de hecho, posibles.
Me asusta la idea de que en algún plano ajeno al conocimiento de la ciencia, imposible de comprender para nuestras aún primitivas mentes, te sepas capaz de actuar a conciencia, que el mismo misterio del cual proviene la humanidad te haya dotado de inteligencia o siquiera de instinto.
Pero considero esta bizarra y fugaz alucinación demasiado imposible, así que hablare pestes y maravillas de tí a dulce voluntad.
Charlatán. Miro al reloj y me prometes abundancia, te gritas suficiente. Gracias a algún presentimiento enemigo tuyo que osa desenmascararte, miro al reloj de nuevo y me doy cuenta de tu deslealtad.
Tu traición, como siempre, deriva en llamadas o mensajes, avisando impuntualidad. Lográndome presa de reproches que ya estoy cansado de escuchar.
Tantas reincidencias te hacen ya muy indigno de mi confianza, me convertiste en esclavo de las alarmas y los recordatorios electrónicos… Súbdito también, del temporizador que te delata cuando corres en vez de caminar, que frustra tu intento por emprender el vuelo. Amables herramientas que algún día dije inútiles y predije empolvadas ante mi indiferencia, que han ahora logrado inmensa gratitud de mi parte.
Mentiroso. Te dices vasto y suficiente, logrando calma de mi parte, solo para aprovecharte de ella, de mi estado carente de vigilancia, y en lo que yo concibo como un breve momento, has ya violado y sodomizado al indefenso minutero.
Desalmado. Bastardo desconsiderado, te importa un bledo si logras mi despido o suspensión de alguna institución o empresa. O talvez es precisamente tu intención, intuyo que presencias con sumo placer la desgracia ajena.
Te tomas la calma del mundo para caminar durante los momentos que aborrezco y tiñes de impaciencia tu paso durante aquellos que gozo.
Inmundo fetichista de los estragos que provocas.
Algún día, lograras que mi cabello se torne blanco y que mi piel cuelgue. En susurros, te maldigo por adelantado.
Ahora que desahogo mi sentir por ti, me doy cuenta de que existe un rencor subyacente ante lo que eres, ante lo que desencadenas, pues lenta o rápidamente, desvaneces todo lo existente, excepto a ti mismo.
Ya no se que maravillas pensé que hablaría de ti.
Pero sería inútil odiarte. Tu presencia se posará sobre mi existencia hasta el día en que alguna fatal coincidencia convierta en un instante el lapso que de haber sido otra mi suerte, hubieras estado junto a mí.
O hasta que algún montón de células maliciosas se apoderen de mi cuerpo y de mis esperanzas de vida, dictando una imprecisa sentencia que consumada, lograra tu huida de mi lado.
Si la fortuna me aprecia, hasta que aquel eterno misterio decida que te has agotado para mí, que ya no puedo tener más de ti, que es momento de que me devores.
Sigilosamente estarás aquí, transcurriendo, hasta que el azar conjugado con mis precauciones decida las razones por las cuales te fugarás de mí. Y las estadísticas me permiten darme el lujo de ser optimista, es por eso que te predigo a mi lado por varias décadas más, he de aprender a apreciarte, a manejarte y a exprimirte.
Mientras tanto, no me queda otra opción que permitirte el continuar desmoronándome, llevándome de la mano a mi fin… yo me encargaré de disfrutar el trayecto.
viernes, 14 de septiembre de 2007
Daniela.
Soy un gloriosamente joven afortunado victima del desenfreno sentimental.
La coincidencia. No la considero tan generosa, es por eso que esta es una de las muy pocas veces que me declaro un dichoso apreciado y de nuevo victima, esta vez, del destino, que la cruzo en mi camino.
Victima. Se tiene un concepto erróneo de dicha palabra. Como la mayoría, yo solía relacionar este concepto con alguna clase de sufrimiento.
Conceptos. Ya no confío en aquellos establecidos pues he presenciado la caída y el despedazamiento de suficientes. La abrumante mayoría, de su cortesía.
Victima de nuevo, de mi humana naturaleza. Descabelladamente concluyo que sus partículas subconscientemente captadas por mi olfato fueron intencionalmente diseñadas para mí más que para nadie.
Ella: culpable. Sanguinaria homicida de los conceptos que deambulaban felices e inocentes en mi mente. Sus sigilosos crímenes, un deleite para mi sistema nervioso.
Y así, un concepto de amor yace desangrado en algún pasillo dentro de mi encéfalo, ahora tapizado de ella.
Un concepto de necesidad inconsciente para siempre, fracturado en la esquina de quien sabe cual fracción de mi memoria.
Un concepto de plenitud degollado, uno de satisfacción descuartizado.
Ante su llegada, el nacimiento de los nunca antes imaginados por mi joven conciencia, crecidos, dinámicos, hermosos conceptos. Imponiéndose con violenta voluntad en cada rincón de mi mente. Una nueva concepción de todo lo que engloba el enamoramiento con locura, una nueva concepción de magia.
Victima de sus maneras, victima de sus palabras.
Victima de su sonrisa, de su coqueteo, de mi coqueteo.
Victima de nuestro juego, feliz victima de lo que desencadenamos.
Victima de su magia, de su esencia eternamente indescifrable.
A cada momento juntos, incremento de mi percepción de su belleza.
Hace menos de un año, victima de la mas concentrada inyección de pasión que viviré durante mi estancia en este cuerpo.
Me resulta imposible ya pintarme sin ella. Niego dependencia pero acepto y afirmo necesidad. Según creo, bastante comprensible pues ante la recién construida y constantemente incrementada nueva y radical percepción sobre la belleza del enamoramiento, me resultaría emocionalmente fatal la perdida de su arquitecta.
Aún desconozco la causa de mi fascinación por intentar explicar una verdad tan incomprensible. Ambición por lograr un intento decente, supongo.
Talvez hoy la suerte en la que no creo me bese para demostrarme su existencia y me convierta por dos segundos en capaz de describir lo que ella causa en mí.
Es la belleza más pura. Capaz de irradiar ternura que me ablanda más que el felino mas hermoso. Capaz de en un instante, tornar la ternura en endorfinas en proporciones ridículas. Capaz de provocar lagrimas cuya razón es lo contrario de tristeza.
Capaz de lograr mi ahogo en llanto con una frase que espero nunca piense, menos pronuncie. Capaz de hacerme desear inmortalidad para jamás dejar de disfrutarla.
Y yo, capaz de todo por ella.
Aquel enamorado que se declare inmune a los celos, no es un enamorado o es un mentiroso. Yo estoy celoso de su cama, de sus sabanas, de sus zapatos, de sus vestidos.
¡Su ausencia! me duele imaginarla.
Su ausencia daría lugar a un nuevo concepto de dolor, cuya presencia en mis adentros, estoy seguro terminaría por devorarme. Pero es esto en lo último que quiero pensar.
La inmensa mayoría estará encantada de juzgar todo esto como un dulce y fugaz efecto de la idealización, pero yo la descarté hace ya mucho tiempo; cuando me di cuenta de que sigo siendo aquel hombre elitista, de mente analítica de lo subjetivo, capaz de realizar juicios realistas y objetivos, gustoso de la relatividad pero claro de perspectiva.
Así que no atribuyo estos pensamientos a una idealización mía… sino a mi frío realismo, queridos.
La coincidencia. No la considero tan generosa, es por eso que esta es una de las muy pocas veces que me declaro un dichoso apreciado y de nuevo victima, esta vez, del destino, que la cruzo en mi camino.
Victima. Se tiene un concepto erróneo de dicha palabra. Como la mayoría, yo solía relacionar este concepto con alguna clase de sufrimiento.
Conceptos. Ya no confío en aquellos establecidos pues he presenciado la caída y el despedazamiento de suficientes. La abrumante mayoría, de su cortesía.
Victima de nuevo, de mi humana naturaleza. Descabelladamente concluyo que sus partículas subconscientemente captadas por mi olfato fueron intencionalmente diseñadas para mí más que para nadie.
Ella: culpable. Sanguinaria homicida de los conceptos que deambulaban felices e inocentes en mi mente. Sus sigilosos crímenes, un deleite para mi sistema nervioso.
Y así, un concepto de amor yace desangrado en algún pasillo dentro de mi encéfalo, ahora tapizado de ella.
Un concepto de necesidad inconsciente para siempre, fracturado en la esquina de quien sabe cual fracción de mi memoria.
Un concepto de plenitud degollado, uno de satisfacción descuartizado.
Ante su llegada, el nacimiento de los nunca antes imaginados por mi joven conciencia, crecidos, dinámicos, hermosos conceptos. Imponiéndose con violenta voluntad en cada rincón de mi mente. Una nueva concepción de todo lo que engloba el enamoramiento con locura, una nueva concepción de magia.
Victima de sus maneras, victima de sus palabras.
Victima de su sonrisa, de su coqueteo, de mi coqueteo.
Victima de nuestro juego, feliz victima de lo que desencadenamos.
Victima de su magia, de su esencia eternamente indescifrable.
A cada momento juntos, incremento de mi percepción de su belleza.
Hace menos de un año, victima de la mas concentrada inyección de pasión que viviré durante mi estancia en este cuerpo.
Me resulta imposible ya pintarme sin ella. Niego dependencia pero acepto y afirmo necesidad. Según creo, bastante comprensible pues ante la recién construida y constantemente incrementada nueva y radical percepción sobre la belleza del enamoramiento, me resultaría emocionalmente fatal la perdida de su arquitecta.
Aún desconozco la causa de mi fascinación por intentar explicar una verdad tan incomprensible. Ambición por lograr un intento decente, supongo.
Talvez hoy la suerte en la que no creo me bese para demostrarme su existencia y me convierta por dos segundos en capaz de describir lo que ella causa en mí.
Es la belleza más pura. Capaz de irradiar ternura que me ablanda más que el felino mas hermoso. Capaz de en un instante, tornar la ternura en endorfinas en proporciones ridículas. Capaz de provocar lagrimas cuya razón es lo contrario de tristeza.
Capaz de lograr mi ahogo en llanto con una frase que espero nunca piense, menos pronuncie. Capaz de hacerme desear inmortalidad para jamás dejar de disfrutarla.
Y yo, capaz de todo por ella.
Aquel enamorado que se declare inmune a los celos, no es un enamorado o es un mentiroso. Yo estoy celoso de su cama, de sus sabanas, de sus zapatos, de sus vestidos.
¡Su ausencia! me duele imaginarla.
Su ausencia daría lugar a un nuevo concepto de dolor, cuya presencia en mis adentros, estoy seguro terminaría por devorarme. Pero es esto en lo último que quiero pensar.
La inmensa mayoría estará encantada de juzgar todo esto como un dulce y fugaz efecto de la idealización, pero yo la descarté hace ya mucho tiempo; cuando me di cuenta de que sigo siendo aquel hombre elitista, de mente analítica de lo subjetivo, capaz de realizar juicios realistas y objetivos, gustoso de la relatividad pero claro de perspectiva.
Así que no atribuyo estos pensamientos a una idealización mía… sino a mi frío realismo, queridos.
viernes, 7 de septiembre de 2007
Actualización sin razon.
Por alguna razón aún protegida por mi caprichoso subconsciente, me es imposible abandonar estos rumbos donde estoy a pocos clics de cualquier lugar del mundo, sin antes redactar y plasmar algún pensamiento en este muy mió, muy joven y muy adorado rincón.
En fin, con estas palabras, concreto mi inquieto deseo. Aprovecho esta ocasión para expresar mi ferviente voluntad por tornar la escritura parte de mi cotidianidad. Si no obvio, es bastante deducible según mis consejeros neuronales, que la escritura es para mí una frecuente actividad, pero la frontera entre cotidiano y frecuente es de inmensa anchura.
Ante un minutero que amenaza con degollarme, me dispongo a recibir con gozo el asedio de mis sabanas.
Bella vida a los merecedores de esta.
En fin, con estas palabras, concreto mi inquieto deseo. Aprovecho esta ocasión para expresar mi ferviente voluntad por tornar la escritura parte de mi cotidianidad. Si no obvio, es bastante deducible según mis consejeros neuronales, que la escritura es para mí una frecuente actividad, pero la frontera entre cotidiano y frecuente es de inmensa anchura.
Ante un minutero que amenaza con degollarme, me dispongo a recibir con gozo el asedio de mis sabanas.
Bella vida a los merecedores de esta.
martes, 4 de septiembre de 2007
Fugitivo de mi orgullo.
Imposible declararme hoy o ayer, exento de orgullo.
Un término complicado y versátil pero a fin de cuentas, ¿cual no?
Dicen los académicos que se refiere al exceso de estima propio algunas veces disimulable por nacer de causas nobles y virtuosas, pero la definición es para mí una bella frase de léxico impecable cuya función es describir el concepto y nada más. Describirlo breve, técnica y amablemente, la definición es tranquila y serena, no gusta de complicarse.
Me considero adversario de esta superficialidad, y no me interesa demandar profundización, sino expresar mi versión de esta.
En fin, el orgullo… tantas noches, varias tardes, algunas mañanas e infinitas madrugadas has sido mi amante. Mi fiel y obsesionado amante, me acosas y no me sueltas una vez que logras mis besos. Siempre estas ahí, oculto pero dispuesto, alerta a cualquier situación donde sabes te acogeré como a un hijo.
Disfrutas e incitas mis roces con aquellos cuya acción u opinión no respeto, y los conviertes en ardiente fricción que a su vez desencadena una batalla de inmensa magnitud algunas veces y otras, donde tu empeño no fue suficiente, un simple enfrentamiento entre mentes opuestas.
Debería de aprender a rechazarte, de resistirme a tu juego de seducción, debería dejar de recurrir a ti cada que veo fracturada mi dignidad, cada que un combate de argumentos impregna de sangre o lagrimas la escena.
Me es difícil comprender tu atracción por mí, o debería talvez de decir, mi atracción por ti. Quiero aprender a defenderme de tu acoso, pero es difícil lograr serenidad y lo es aún más, ser aquel que cede ante la incomoda apatía.
Aunque tampoco he de desvalorizar tus bondades, me has salvado de la desdicha causada por algún desamor, por algún fracaso, me has arrebatado de las manos el desdén que pretendía esgrimir contra mi mismo.
Por tales razones no te daré la espalda, solo espero seas comprensivo cuando mi volubilidad hacia ti se haga notar. No puedo adjudicarte la culpa absoluta, pero debes comprender que estoy resentido por aquel tiempo que me robaste, por haber convertido en indiferencia, los que pudieron haber sido momentos. Por aquellas amistades perdidas que no te toleraron en mi trato, por la posibilidad que gracias a ti, fue mera ilusión jamás concretada.
Me es imposible ya, darte alojo en mi conciencia.
Aún así, no me despido de ti, pues te conozco terco y perseverante, sin mencionar que el furioso ardor de los ánimos es capaz de romper la frontera que en este momento establezco entre tú y yo.
Hasta luego, orgullo.
Un término complicado y versátil pero a fin de cuentas, ¿cual no?
Dicen los académicos que se refiere al exceso de estima propio algunas veces disimulable por nacer de causas nobles y virtuosas, pero la definición es para mí una bella frase de léxico impecable cuya función es describir el concepto y nada más. Describirlo breve, técnica y amablemente, la definición es tranquila y serena, no gusta de complicarse.
Me considero adversario de esta superficialidad, y no me interesa demandar profundización, sino expresar mi versión de esta.
En fin, el orgullo… tantas noches, varias tardes, algunas mañanas e infinitas madrugadas has sido mi amante. Mi fiel y obsesionado amante, me acosas y no me sueltas una vez que logras mis besos. Siempre estas ahí, oculto pero dispuesto, alerta a cualquier situación donde sabes te acogeré como a un hijo.
Disfrutas e incitas mis roces con aquellos cuya acción u opinión no respeto, y los conviertes en ardiente fricción que a su vez desencadena una batalla de inmensa magnitud algunas veces y otras, donde tu empeño no fue suficiente, un simple enfrentamiento entre mentes opuestas.
Debería de aprender a rechazarte, de resistirme a tu juego de seducción, debería dejar de recurrir a ti cada que veo fracturada mi dignidad, cada que un combate de argumentos impregna de sangre o lagrimas la escena.
Me es difícil comprender tu atracción por mí, o debería talvez de decir, mi atracción por ti. Quiero aprender a defenderme de tu acoso, pero es difícil lograr serenidad y lo es aún más, ser aquel que cede ante la incomoda apatía.
Aunque tampoco he de desvalorizar tus bondades, me has salvado de la desdicha causada por algún desamor, por algún fracaso, me has arrebatado de las manos el desdén que pretendía esgrimir contra mi mismo.
Por tales razones no te daré la espalda, solo espero seas comprensivo cuando mi volubilidad hacia ti se haga notar. No puedo adjudicarte la culpa absoluta, pero debes comprender que estoy resentido por aquel tiempo que me robaste, por haber convertido en indiferencia, los que pudieron haber sido momentos. Por aquellas amistades perdidas que no te toleraron en mi trato, por la posibilidad que gracias a ti, fue mera ilusión jamás concretada.
Me es imposible ya, darte alojo en mi conciencia.
Aún así, no me despido de ti, pues te conozco terco y perseverante, sin mencionar que el furioso ardor de los ánimos es capaz de romper la frontera que en este momento establezco entre tú y yo.
Hasta luego, orgullo.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)
