Te lo digo hombre, nunca habrás amado realmente hasta que ames más que nunca.
Te lo digo yo. Yo que morí de amor.
lunes, 26 de noviembre de 2007
viernes, 16 de noviembre de 2007
Civiles.
Me disgustan sobremanera aquellas personas que gozan de cuestionar con insistencia los ideales contrarios, presumiendo una inteligencia inexistente al idear argumentos que según su mentalidad, desploman por completo la idea rival o diferente, digo inexistente porque se necesita ser digamos, un tanto estupido, para desvalorar la relatividad y la validez de la divergencia de pensamiento. Me disgustan aquellos que cuestionan maneras diferentes, que cuestionan hábitos ajenos cuya influencia en su vida es nula, que creen su verdad como la absoluta y que proclaman las demás como tontas o ciegas. Urge retirar preceptos y prejuicios que derivan tan solo en reclamos faltos de argumentos y fuera de lugar.
Cuantos de todos los habitantes del planeta son dignos de ser nombrados civilizados o siquiera pensantes; veo tantas conductas presentes en las calles más lideradas por el prejuicio, el instinto y el reflejo inmediato ante el entorno, que por la tolerancia, el razonamiento y el dialogo, y así tienen el descaro de decirse civiles. No estoy hablando de una educación académica, sino de una formación de valores de tolerancia y respeto, ese sermón que tantos tratan de inculcar de manera aburrida y me atrevo a decir, errónea. Hay que ser prácticos a la hora de instruir a la sociedad, hay que ser agresivos en argumentos, basta de sermones morales que provocan poco más que bostezos.
No demando mucho, demando tolerancia y sentido común, ese que tantas veces es el menos presente en los paseantes que veo día con día, logrando burlescos comentarios ante lo extravagante, lo desemejante; comentarios ofensivos que pecan de vulgares, ignorantes y por si fuera poco, faltos de ingenio. Demando también a los bastardos que desvisten con la mirada a las mujeres, valiéndoles nada la jodida incomodidad e intimidación que logran, algunos haciendo incluso declaraciones burdas cuyo objetivo desconozco, ¿demostrar virilidad acaso?; la virilidad real es un concepto que sus mentes repletas de mierda no alcanza a conocer, me asquean sus manifestaciones escandalosas, primitivas, que denigran la capacidad de pensamiento de lo que llamamos el hombre civilizado; ¿civilizado?, civilizados los animales.
Cuantos de todos los habitantes del planeta son dignos de ser nombrados civilizados o siquiera pensantes; veo tantas conductas presentes en las calles más lideradas por el prejuicio, el instinto y el reflejo inmediato ante el entorno, que por la tolerancia, el razonamiento y el dialogo, y así tienen el descaro de decirse civiles. No estoy hablando de una educación académica, sino de una formación de valores de tolerancia y respeto, ese sermón que tantos tratan de inculcar de manera aburrida y me atrevo a decir, errónea. Hay que ser prácticos a la hora de instruir a la sociedad, hay que ser agresivos en argumentos, basta de sermones morales que provocan poco más que bostezos.
No demando mucho, demando tolerancia y sentido común, ese que tantas veces es el menos presente en los paseantes que veo día con día, logrando burlescos comentarios ante lo extravagante, lo desemejante; comentarios ofensivos que pecan de vulgares, ignorantes y por si fuera poco, faltos de ingenio. Demando también a los bastardos que desvisten con la mirada a las mujeres, valiéndoles nada la jodida incomodidad e intimidación que logran, algunos haciendo incluso declaraciones burdas cuyo objetivo desconozco, ¿demostrar virilidad acaso?; la virilidad real es un concepto que sus mentes repletas de mierda no alcanza a conocer, me asquean sus manifestaciones escandalosas, primitivas, que denigran la capacidad de pensamiento de lo que llamamos el hombre civilizado; ¿civilizado?, civilizados los animales.
miércoles, 7 de noviembre de 2007
Introspección.
Pienso, deduzco; no prejuzgo, intuyo a la mínima provocación y con justísima razón. Presunción dicen, yo lo llamo modesto realismo pero ante todo, sencillo. Elitista para nada, más bien selectivo. Hipócrita jamás, solo manipulo el tacto a voluntad. Los soñadores mueren de hambre porque joder, viven dormidos. Yo sueño dormido y despierto, muchísimo más. Sueño y visualizo. Ambiciono mi desarrollo intelectual, emocional y artístico.
De ideales políticos, religiosos y sociales personalísimos, cuya esencia dista de la realidad. Escéptico y acido crítico por convicción de la infinita cátedra e institución religiosa, pero creo en la energía intangible de la esencia interior. Nunca voluble, sino inmerso en una constante transición evolutiva. Amante de lo subjetivo y por demás fanático y defensor de la relatividad; aún así, analítico y en exceso pasional. Por siempre fiel a una impulsividad que me ha regalado más de lo que podré agradecer.
De ideales políticos, religiosos y sociales personalísimos, cuya esencia dista de la realidad. Escéptico y acido crítico por convicción de la infinita cátedra e institución religiosa, pero creo en la energía intangible de la esencia interior. Nunca voluble, sino inmerso en una constante transición evolutiva. Amante de lo subjetivo y por demás fanático y defensor de la relatividad; aún así, analítico y en exceso pasional. Por siempre fiel a una impulsividad que me ha regalado más de lo que podré agradecer.
Por la salvación de la lengua.
Todos hablamos, todos escribimos… pensándolo bien, no todos. Corrijo mí descortesía ante los mudos y los mancos y diré que, eso sí, todos pensamos.
Pensamos con palabras. Asociando sensaciones, sentimientos y demás, con conceptos.
Considero al lenguaje como el elemento más implícito en nuestra cotidianidad, y por la misma razón, uno de los más devaluados.
El lenguaje, brillante y necesaria creación de los ancestros.
Y de ahí parto para hablar sobre el español. Mi fiel amante. Considero al español como la lengua más bella existente, esto según la humilde opinión de un servidor entusiasta de la relatividad.
Sin embargo, el español que escucho en las calles no es aquel que me enamora en novelas y escritos. El español que escuché en el colegio no es aquel que Sabines y Paz me hicieron adorar en sus cátedras.
Coexistimos en una realidad donde la comunicación necesaria no demanda un léxico imponente ni ostentoso, donde los polisílabos son mirados con rareza y los arcaísmos, tratados con la mano ciega de la ignorancia.
Día con día, los modismos aumentan en número y por tanto en presencia, basta con que una frase se popularice para que logre su completo anexo al diccionario social.
La comunicación cotidiana está viéndose devorada por el tono coloquial, por el modismo imperdonable, por el error que ya no es error.
Hago un llamado a todo lector, a ampliar el vocabulario ¡o almenos a utilizar el conocido! a lograr estructuras gramaticales que demanden más que un pensamiento impaciente, a dejar de lado las costumbres lingüísticas incorrectas que de tan frecuentes y numerosas, opacan y esconden la belleza de un español que ya solo los poetas quieren hablar.
No permitamos ya que más palabras se conviertan en arcaísmos, no juzguemos de anticuado lo que no es anticuado, sino desconocido por el hombre promedio.
Podemos constatarlo en la historia. Basta leer a Don Quijote para empaparnos de palabras que fallecieron por un desuso injustificado, deberían de venderlo con diccionario completo incluido.
Convirtámonos en activistas y salvadores de la lengua, practiquemos el verbo, el adjetivo, el adverbio, la preposición, la conjunción, el sustantivo, juguemos con cada uno de ellos y armemos frases de las cuales nos sintamos orgullosos, que demuestren cultura y que salven la cultura.
Español mió. Todo esto, como un gesto de gratitud cuya magnitud no imaginas, por haberme salvado de tantas, por habarme permitido expresar en esencia mis divagues mas complejos.
¡Iniciemos la sublevación contra la ignorancia lingüística! Les prometo compañeros, que una vez iniciada por cada uno esta revolución de la palabra, descubrirán una herramienta cuya capacidad entenderán, han subestimado.
Que nadie se apegue a una indiferencia inútil o a un pesimismo prematuro, pues es la multitud la que logra lo impensable, la que una vez sumadas voluntades, es capaz de traer de la tumba a las más muertas palabras cuya existencia desconocíamos o nos era simplemente indiferente. Logremos una evolución basada en la regresión, pues no cualquier futuro pinta mejor, encontremos en páginas pasadas tesoros que deberíamos de portar en la actualidad.
Mostremos bondad a las hermanas palabras que tanto nos regalan, ¡solidaridad a las caídas!
Concluyo así, mi llamado, mi invitación, mi grito de guerra.
Espero que mi anhelo sea compartido y realizado por aquellos que aprecian la belleza hablada, por aquellos que concuerdan con mis ideales, por aquellos que añoran una magistral muestra de cultura cotidiana en el lenguaje… y por aquellos que no, también.
Pensamos con palabras. Asociando sensaciones, sentimientos y demás, con conceptos.
Considero al lenguaje como el elemento más implícito en nuestra cotidianidad, y por la misma razón, uno de los más devaluados.
El lenguaje, brillante y necesaria creación de los ancestros.
Y de ahí parto para hablar sobre el español. Mi fiel amante. Considero al español como la lengua más bella existente, esto según la humilde opinión de un servidor entusiasta de la relatividad.
Sin embargo, el español que escucho en las calles no es aquel que me enamora en novelas y escritos. El español que escuché en el colegio no es aquel que Sabines y Paz me hicieron adorar en sus cátedras.
Coexistimos en una realidad donde la comunicación necesaria no demanda un léxico imponente ni ostentoso, donde los polisílabos son mirados con rareza y los arcaísmos, tratados con la mano ciega de la ignorancia.
Día con día, los modismos aumentan en número y por tanto en presencia, basta con que una frase se popularice para que logre su completo anexo al diccionario social.
La comunicación cotidiana está viéndose devorada por el tono coloquial, por el modismo imperdonable, por el error que ya no es error.
Hago un llamado a todo lector, a ampliar el vocabulario ¡o almenos a utilizar el conocido! a lograr estructuras gramaticales que demanden más que un pensamiento impaciente, a dejar de lado las costumbres lingüísticas incorrectas que de tan frecuentes y numerosas, opacan y esconden la belleza de un español que ya solo los poetas quieren hablar.
No permitamos ya que más palabras se conviertan en arcaísmos, no juzguemos de anticuado lo que no es anticuado, sino desconocido por el hombre promedio.
Podemos constatarlo en la historia. Basta leer a Don Quijote para empaparnos de palabras que fallecieron por un desuso injustificado, deberían de venderlo con diccionario completo incluido.
Convirtámonos en activistas y salvadores de la lengua, practiquemos el verbo, el adjetivo, el adverbio, la preposición, la conjunción, el sustantivo, juguemos con cada uno de ellos y armemos frases de las cuales nos sintamos orgullosos, que demuestren cultura y que salven la cultura.
Español mió. Todo esto, como un gesto de gratitud cuya magnitud no imaginas, por haberme salvado de tantas, por habarme permitido expresar en esencia mis divagues mas complejos.
¡Iniciemos la sublevación contra la ignorancia lingüística! Les prometo compañeros, que una vez iniciada por cada uno esta revolución de la palabra, descubrirán una herramienta cuya capacidad entenderán, han subestimado.
Que nadie se apegue a una indiferencia inútil o a un pesimismo prematuro, pues es la multitud la que logra lo impensable, la que una vez sumadas voluntades, es capaz de traer de la tumba a las más muertas palabras cuya existencia desconocíamos o nos era simplemente indiferente. Logremos una evolución basada en la regresión, pues no cualquier futuro pinta mejor, encontremos en páginas pasadas tesoros que deberíamos de portar en la actualidad.
Mostremos bondad a las hermanas palabras que tanto nos regalan, ¡solidaridad a las caídas!
Concluyo así, mi llamado, mi invitación, mi grito de guerra.
Espero que mi anhelo sea compartido y realizado por aquellos que aprecian la belleza hablada, por aquellos que concuerdan con mis ideales, por aquellos que añoran una magistral muestra de cultura cotidiana en el lenguaje… y por aquellos que no, también.
El arte como terapia.
Segundo que pasa, segundo que pensamos.
La mente no descansa. Dormir es modo de recargar batería, no de apagado.
Son contadísimas las veces que repentinamente despertamos, notando que por unos segundos, talvez minutos, estuvimos ausentes y la mente se tiñó de blanco.
Infinitos pensamientos desfilan cada pasillo mental. Archiveros interminables cada uno guardando un recuerdo, capaces de sumergirnos en sentimientos que ni su nombre conocemos. Pendientes, planes…
En la computadora formateamos el disco duro.
En las calles, se barre la basura, vestigio de la presencia de personas.
En la mente, ¿qué?
¿Como despojarnos de viejos o nuevos fantasmas?
¿Cómo expresar lo que su denominación ignoramos?
¿Como filtrar el sentimiento indeseado?
Mi humilde sugerencia es la siguiente:
Evolucionemos la mente. Desarrollemos nuestra capacidad subjetiva y entrenemos la capacidad para plasmar el pensamiento, el sentimiento y convirtámonos en artistas.
Aprendamos a desahogar nuestra subjetividad que creemos indescifrable por medio de alguna actividad que recree la mente, que plasme en nuestra obra lo que pretendemos entender o expulsar, que nuestro oscurantismo mental desemboque en un papel, en una escultura, en un mural.
Las opciones son numerosas. Depende de nuestra afición o interés el tipo de arte que pretendamos crear, pero cuidado, no nos limitemos a aquellas ramas que el conocimiento general establece como arte, el arte no debería estar sistematizado o delimitado por una clasificación. Para un amigo, encontrar patrones numéricos en estadísticas es su placer, su pasión y su arte.
Aprendamos a utilizar el arte como terapia.
Rompamos de una vez esa frontera ilusoria que nos limita a ser espectadores, no justifiquemos nuestra estática con carencia de talento. El talento no es necesario cuando no pretendemos lograr elogios o gusto por nuestra obra. La voluntad mis amigos, la ferviente voluntad por gozar del arte como desahogue es lo único necesario.
No hay que preocuparse, no es minimamente necesario exponer la obra que creemos demasiado joven e inexperta. Nadie juzgará ese dibujo, nadie hablará pestes ni maravillas de esas palabras, seremos artista y espectador.
Admiremos nuestra obra por lo que logramos expresar y expedir, no por su estética, menos por su valor cultural o científico.
Habrá intentos que consideremos fallidos, habrá dibujos, párrafos o lo que sea que hayamos creado, que nos provocaran nada más que risa por su carencia de coherencia, de estética, de forma. También esa risa importa. Será la viva expresión de la burla a uno mismo, el gradual entierro de complejos y preceptos.
Y habrá intentos donde más que una actividad de recreación, encontremos plasmada una pasión, un talento, un don, que decidamos exponer, arriesgándonos a ser victimas de la relatividad implícita en el arte según aquel que la mira.
Dejemos atrás aquellos pensamientos que carcomen la mente.
Logremos por fin este encuentro con nuestra subjetividad y declarémonos artistas.
La mente no descansa. Dormir es modo de recargar batería, no de apagado.
Son contadísimas las veces que repentinamente despertamos, notando que por unos segundos, talvez minutos, estuvimos ausentes y la mente se tiñó de blanco.
Infinitos pensamientos desfilan cada pasillo mental. Archiveros interminables cada uno guardando un recuerdo, capaces de sumergirnos en sentimientos que ni su nombre conocemos. Pendientes, planes…
En la computadora formateamos el disco duro.
En las calles, se barre la basura, vestigio de la presencia de personas.
En la mente, ¿qué?
¿Como despojarnos de viejos o nuevos fantasmas?
¿Cómo expresar lo que su denominación ignoramos?
¿Como filtrar el sentimiento indeseado?
Mi humilde sugerencia es la siguiente:
Evolucionemos la mente. Desarrollemos nuestra capacidad subjetiva y entrenemos la capacidad para plasmar el pensamiento, el sentimiento y convirtámonos en artistas.
Aprendamos a desahogar nuestra subjetividad que creemos indescifrable por medio de alguna actividad que recree la mente, que plasme en nuestra obra lo que pretendemos entender o expulsar, que nuestro oscurantismo mental desemboque en un papel, en una escultura, en un mural.
Las opciones son numerosas. Depende de nuestra afición o interés el tipo de arte que pretendamos crear, pero cuidado, no nos limitemos a aquellas ramas que el conocimiento general establece como arte, el arte no debería estar sistematizado o delimitado por una clasificación. Para un amigo, encontrar patrones numéricos en estadísticas es su placer, su pasión y su arte.
Aprendamos a utilizar el arte como terapia.
Rompamos de una vez esa frontera ilusoria que nos limita a ser espectadores, no justifiquemos nuestra estática con carencia de talento. El talento no es necesario cuando no pretendemos lograr elogios o gusto por nuestra obra. La voluntad mis amigos, la ferviente voluntad por gozar del arte como desahogue es lo único necesario.
No hay que preocuparse, no es minimamente necesario exponer la obra que creemos demasiado joven e inexperta. Nadie juzgará ese dibujo, nadie hablará pestes ni maravillas de esas palabras, seremos artista y espectador.
Admiremos nuestra obra por lo que logramos expresar y expedir, no por su estética, menos por su valor cultural o científico.
Habrá intentos que consideremos fallidos, habrá dibujos, párrafos o lo que sea que hayamos creado, que nos provocaran nada más que risa por su carencia de coherencia, de estética, de forma. También esa risa importa. Será la viva expresión de la burla a uno mismo, el gradual entierro de complejos y preceptos.
Y habrá intentos donde más que una actividad de recreación, encontremos plasmada una pasión, un talento, un don, que decidamos exponer, arriesgándonos a ser victimas de la relatividad implícita en el arte según aquel que la mira.
Dejemos atrás aquellos pensamientos que carcomen la mente.
Logremos por fin este encuentro con nuestra subjetividad y declarémonos artistas.
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