miércoles, 19 de septiembre de 2007

Tiempo.

Me es difícil juzgarte. No deseo tu furia.
Me resulta demasiado comprometedor emitir una opinión sobre tu actuar, sobre tu manera de hacer las cosas, sobre tu manera de presentarte ante mi.
Todo esto en sentido, digamos, figurado.
Pero esta siempre latente aquel enterrado y angosto callejón mental donde tememos que nuestros disparatados miedos puedan ser de hecho, posibles.
Me asusta la idea de que en algún plano ajeno al conocimiento de la ciencia, imposible de comprender para nuestras aún primitivas mentes, te sepas capaz de actuar a conciencia, que el mismo misterio del cual proviene la humanidad te haya dotado de inteligencia o siquiera de instinto.
Pero considero esta bizarra y fugaz alucinación demasiado imposible, así que hablare pestes y maravillas de tí a dulce voluntad.
Charlatán. Miro al reloj y me prometes abundancia, te gritas suficiente. Gracias a algún presentimiento enemigo tuyo que osa desenmascararte, miro al reloj de nuevo y me doy cuenta de tu deslealtad.
Tu traición, como siempre, deriva en llamadas o mensajes, avisando impuntualidad. Lográndome presa de reproches que ya estoy cansado de escuchar.
Tantas reincidencias te hacen ya muy indigno de mi confianza, me convertiste en esclavo de las alarmas y los recordatorios electrónicos… Súbdito también, del temporizador que te delata cuando corres en vez de caminar, que frustra tu intento por emprender el vuelo. Amables herramientas que algún día dije inútiles y predije empolvadas ante mi indiferencia, que han ahora logrado inmensa gratitud de mi parte.
Mentiroso. Te dices vasto y suficiente, logrando calma de mi parte, solo para aprovecharte de ella, de mi estado carente de vigilancia, y en lo que yo concibo como un breve momento, has ya violado y sodomizado al indefenso minutero.
Desalmado. Bastardo desconsiderado, te importa un bledo si logras mi despido o suspensión de alguna institución o empresa. O talvez es precisamente tu intención, intuyo que presencias con sumo placer la desgracia ajena.
Te tomas la calma del mundo para caminar durante los momentos que aborrezco y tiñes de impaciencia tu paso durante aquellos que gozo.
Inmundo fetichista de los estragos que provocas.
Algún día, lograras que mi cabello se torne blanco y que mi piel cuelgue. En susurros, te maldigo por adelantado.
Ahora que desahogo mi sentir por ti, me doy cuenta de que existe un rencor subyacente ante lo que eres, ante lo que desencadenas, pues lenta o rápidamente, desvaneces todo lo existente, excepto a ti mismo.
Ya no se que maravillas pensé que hablaría de ti.
Pero sería inútil odiarte. Tu presencia se posará sobre mi existencia hasta el día en que alguna fatal coincidencia convierta en un instante el lapso que de haber sido otra mi suerte, hubieras estado junto a mí.
O hasta que algún montón de células maliciosas se apoderen de mi cuerpo y de mis esperanzas de vida, dictando una imprecisa sentencia que consumada, lograra tu huida de mi lado.
Si la fortuna me aprecia, hasta que aquel eterno misterio decida que te has agotado para mí, que ya no puedo tener más de ti, que es momento de que me devores.
Sigilosamente estarás aquí, transcurriendo, hasta que el azar conjugado con mis precauciones decida las razones por las cuales te fugarás de mí. Y las estadísticas me permiten darme el lujo de ser optimista, es por eso que te predigo a mi lado por varias décadas más, he de aprender a apreciarte, a manejarte y a exprimirte.
Mientras tanto, no me queda otra opción que permitirte el continuar desmoronándome, llevándome de la mano a mi fin… yo me encargaré de disfrutar el trayecto.

No hay comentarios: