lunes, 3 de diciembre de 2007

Cuento: Homicidas.

A pasos cortos, se alejaba del discreto café. Como era usual, su belleza destacaba entre la multitud, logrando numerosas miradas, algunas sutiles y otras tantas descaradas.
Sin embargo, su mirada ausente y el desgano delatado en su caminar, le robaba cuantiosa presencia ante los paseantes. Su porte se desvanecía conforme cada paso; y es que le era imposible dejar de pensar en la indiferencia mostrada por ese que consideraba uno de sus mejores amigos.
Fue un encuentro breve, el trato entre los viejos amigos fue distante a pesar de la supuesta fraternidad que hace ya tanto habían prometido.
La decepción invadió a Lucia. Sin mínimo ánimo de causar lastima, se había desahogado por completo con él. Se explayó como con nadie, esperando recibir más que consuelo, comprensión. Una muestra de amistad. Una bofetada de realismo, de esas que abren los ojos, sacuden la conciencia y drenan la desgracia.
Pero no fue así, León había cambiado. Siempre había sido voluble pero nunca lo suficiente para dar la espalda cuando se le rogaba aliento. Inocente, blanda, incluso tonta, la había llamado. Lucia no supo como contestarle, por miedo a que tuviera razón.
Se sabía pesimista a veces, pero no era gustosa del drama. Continuó caminando.
De un momento a otro, sus pensamientos se infestaron de Julián, Lucia se ahogó en ese masoquista derroche de recuerdos, logrando una vez más, el acuchillante despliegue de sus sentimientos encontrados, esperando un nuevo distractor que la hiciera volver.
Sin darse mucha cuenta de su posición, estaba dispuesta a cruzar la avenida, pero fue la luz verde acompañada de ese contiguo rugir de motores la que de golpe la hizo aterrizar. “Maldito Julián me vas a matar…”
El frío se colaba entre cada capa de tela, inyectándose en sus ya débiles huesos.
No había comido hace tres días y se sorprendía de cómo los que él llamaba amigos, ignoraban o se mostraban indiferentes a su ausencia... pareciera que el universo se conjugó para motivarlo a concretar lo que hace apenas unos días, aún pensaba con miedo. Mientras tanto, había de redactar esas palabras cuyo único fin era acusarla, al tiempo que le informaba de su inminente decisión.
Las regresiones eran tortuosas, pero le obsequiaban gran determinación. Bastaba recordar solo aquel día para convencerse más de que ya nada cambiaría, que cualquier nuevo intento terminaría en enfrentamiento. Sabía que era ya demasiado el orgullo de Lucia, pero él tampoco estaba dispuesto a ceder.
La luna conquistó el cielo y con ello, Lucia emprendió el camino al departamento. Había pasado la tarde en el parque, pensando en como su vida aún giraba en torno a él, en como adoraba que así fuera. Deshaciéndose de los demonios que le impedían perdonar y pedir perdón. Estaba emocionada, había olvidado esa sensación de alegre expectativa. Mientras caminaba, repasaba con entusiasmo el discurso que planeaba declarar esa noche por teléfono.
Dos cuadras antes ya tenía las llaves en la mano y notó a distancia que el auto estaba intacto. Arribó, una vez abierta la puerta, puso un pie dentro y escuchó un crujir. Miró hacia abajo y notó un pequeño sobre…

“Sería tonto prolongar la agonía que has causado; a mí, y a lo que sea que haya entre nosotros. No sé como esperabas que todo fuera igual, después de haberme engañado tanto, de haberte burlado de mi confianza con ese maldito.
Sabes que tenía derecho a reclamarte y a reaccionar de esa manera, no sé en que mente cabe esperar una reacción tranquila y comprensiva ante algo tan humillante.
Te es muy fácil sumirte en orgullo y demandar una disculpa, pero en ningún momento me arrepiento ni me disculpo de lo que dije.
Me incapacitaste a tu ausencia, me dueles en cada centímetro. Pese a todo, me despido agradecido pues lograste convertir mi infierno en algo hermoso, aunque por menos tiempo del que habíamos prometido.
Agradecido por cada momento y últimamente, por darme la determinación que necesitaba para terminar por fin con todo esto.
Me robaste infinitas sonrisas. Hoy me regalas el valor para abandonarte, a ti y a todo.
Ha sido un placer.
Julián”

Cada partícula de Lucia se congeló por un instante. Estremecida, tomó el teléfono y tecleó un número con una maestría que parecía entrenada. Sin saber que esperar, aguardó impaciente en la línea. Nunca había deseado tanto la voz de su Julián. Bastaron dos intentos sin respuesta para que tomara las llaves del auto con urgencia y se dirigiera a este.
En la calle, Lucia descargó el desgarre emocional en el acelerador. Las ráfagas de viento ya quemaban sus ojos inundados mientras mantenía con firmeza el volante.
Pero su mente se ahogó en pensamientos pesimistas y desesperados que menguaron su atención paulatinamente, hasta hacerla desaparecer. Una luz roja y un súbito desvió.
Lucía encontró en un árbol cualquiera la autopista al olvido.

2 comentarios:

Anónimo dijo...

me ha gustao el cuento tio, pero tendria que leer el que gano para comenzar a criticarlo y reclamar tu primer lugar...o a lo mejor los cuentos que nadie premio eran mejores...quien sabe. por el momento confieso que me comensaba a aburrir que en tu blog solo hubiera "articulos" sobre algun tema; me gusta leer cuentitos, novelas...y no has ganado el nobel, pero me alegro haber leido este.











como siempre, blah blah blah perdon...mis faltas de ortografia siguen ahi.

L

Axel dijo...

Hola, oye demasiado bueno tu cuento, jaja, espero algun dia escribir comotu , pero ya sabes lo que dicen, solo escribiendo lo lograras, y si, pues esta demasiado bien tu cuento, espero que escribas mas... !!!