Dobló la calle. Ya sabía que encontraría; lo tenía previamente visualizado; hasta el más ínfimo detalle estaba ahí, como si fuera de hecho, un vidente. Así pasaba ya con tantos parajes.
Se sorprendió al pensar en el infinito número de rostros que miraba día con día, que incluso a veces, analizaba; de cómo parecían nunca repetirse a pesar de su constante vigilancia, la gente se multiplicaba. Estaba acostumbrado a digerir sus miradas en sus distintas expresiones, las que lo castigaban con desagrado y desprecio; las que revelaban una lástima indiferente, las que examinaban cada centímetro de su ser, intimidantes. Estaban también aquellos que le regalaban compasión expresada en una moneda.
Miró a su alrededor. A su manera de ver, tenía la casa más grande de todas, de pasillos interminables; solo que estaba prohibido entrar en algunas habitaciones, pues estaban ocupadas, y su sentido de la privacidad era incorrompible. Tenía varios inmensos jardines, que compartía con todos. Le gustaba el cielo, no se lamentaba por la ausencia de techo en su casa.
De nuevo, ese desgarre interno que demandaba a gritos alimento. No conocía ese vació como carencia, sino como su estado natural, pero sabia identificar cuando era realmente necesario atender a su llamado; después de todo, lo acompañaba desde su más añejo recuerdo. Con desgano, metió la mano en la bolsa de su pantalón y sacó un puño de monedas. Después de unos minutos de inspección y cálculo concluyó: “Dieciséis”; suficiente para calmar el hambre con Don Luís, pensó; aún sabiendo que sus monedas serían resistidas por sus ya viejos conocidos.
Casi una hora después, caminaba con cinco tacos sometiendo el hambre en sus adentros y con esos dieciséis aún en su bolsillo. Decidió reposar en la fiel banca del parque de Avenida Central. Somnoliento, dejó sus parpados caer, con la mano extendida, esperando ser victima de la caridad de algún paseante.
De repente, el matiz del cielo anunciaba la conquista de la luna. Decidió continuar el trayecto. Tantos años deambulando le habían obsequiado un físico más que aguantador, conocía al frío suficiente para saber lidiar con sus caprichos, sin embargo extrañaba esa época donde el calor reinaba, pues es un tipo más amigable.
No necesitaba un reloj para conocer mejor que nadie los horarios de la ciudad, ni un mapa para introducirse con destreza en los rumbos más complicados, “guía de turismo de no ser por sus perros requisitos” murmuró con sarcasmo.
Se sentó en la acera de una calle infestada de comercios caros, dotando al paisaje de un contraste impresionante. Solía envidiar a los paseantes, portadores de todo lo que tantas veces anheló celoso, al tiempo que se sorprendía de su derroche ostentoso de billetes… pero ya estaba acostumbrado a ello, tanto como a todo lo demás. Desconocía el lujo, tanta escasez le había robado cualquier ambición.
Uno de sus únicos placeres, era presenciar el gradual desaparecer de la gente. Le divertía intuir a donde iban tantas personas, donde escondían tantos autos. Disfrutaba el quedarse ahí, solo, admirando el juego de las luces, descubriendo el nuevo acomodo de los aparadores; sintiendo dolores cuya presencia ya no sufre, envuelto en un hedor que por más denso, ya no reconoce.
Las calles vestidas de luces amarillas, divulgaron con su silencio la llegada de la madrugada, la hora muerta, la que más disfrutaba Jonás.
Pero la calma fue infringida por risas a lo lejos, muy lejos. La curiosidad se apoderó de él y decidió caminar en dirección a las voces que insistían en disipar la tranquilidad propia del momento. Conforme su avance, las risas se multiplicaban, crecían en escándalo. Pera eran ya varias cuadras sin lograr divisar al causante o causantes de su caminar; se detuvo, miró a todos lados y abrumado por la inmensidad, decidió resignarse. Se recargó en la pared de un viejo local de zapatos.
Las risas se ausentaron.
Liderado por el impulso, decidió seguir caminando. Se infiltró en una pequeña calle y siguió una ruta improvisada, para darle frescura al trayecto. A medio cruzar de una calle, las risas lo emboscaron de nuevo, esta vez casi contiguas; se contuvo, absorto. Dobló a la izquierda, en dirección a los sonidos, tiñó el paso de impaciencia y al término de una cuadra, dio con un parque que parcamente recordaba. Examinó el paisaje, al fondo, varias siluetas formando una clase de circulo.
La desdicha le regalaba un valor propio de un suicida, y decidió caminar hacia ellos. La imagen se esclarecía ante su avance, eran cinco hombres, todos con aspecto semejante al suyo; harapientos, cubiertos en tonos oscuros delataban suciedad, de cabello abundante y estático. Ninguno de ellos parecía avisar la venida de Jonás.
Hasta que era ya demasiada su cercanía, los tres que le daban la espalda voltearon, pues los dos de frente se habían ya percatado de su presencia y le habían clavado la mirada.
El ritual de miradas fue intenso, pero no había tensión en él, simple observación, como de expectativa. De repente, uno de ellos, que sostenía una botella de lo que a primera impresión parecía ser agua, gritó entre carcajadas con espectacular animo: “¡UN TABACO EN LA FILA!”
Todos los demás, rieron escandalosamente con él terminada la exclamación y abrieron camino, sugiriendo la integración de Jonás al circulo. Atónito, Jonás acepto la invitación.
Una vez en el círculo, se le acercó aquel que había gritado, esbozando una sonrisa enorme y alzó la botella que cargaba, a manera de ofrecimiento.
Jonás no conocía esa sensación de invitante aceptación, no había probado una hospitalidad tan sincera desde que podía recordar. Tomó la botella y bebió.
El sabor era amargo; sin darle mayor importancia, continuó bebiendo. – ¡Ya! – escuchó.
Uno de ellos le arrebató la botella, Jonás no opuso resistencia.
Jonás miró a los demás, rolaban la botella; miró alrededor y súbitamente cada objeto en el panorama comenzó a agitarse sutilmente, esto le produjo gracia y comenzó a carcajearse; de tanto movimiento perdió el equilibrio, y ahogado en risas se tiró al pasto, miró su adorado cielo, negro azulado, mas brillante que nunca, cada estrella bailaba al ritmo de su risa, lograban formas, todas le sonreían, lo invitaban, de repente se acercaban con rapidez, el cielo se caía al son de su alegre alarde. Todo era hermoso, imposible; las estrellas chocaban en sus pupilas, menguaban su visión… y de repente, el cielo terminó de caerse en sus ojos. No deseaba volver. Dejó caer los parpados; emocionado, sonriente, feliz, Jonás se fue para siempre, de su casa.
lunes, 3 de diciembre de 2007
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1 comentario:
dulce, muy lindo.
me habría gustado conocer a Jonás.
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