Somos muy astutos por naturaleza, no necesitamos consejos que casi sistematicen la manera de lograr la mirada de aquel por quien suspiramos.
Nuestra naturaleza es brillante.
Cuando el instinto se apodera de nuestra corporalidad, y nos encontramos bajo el ya tan trillado trance que delata nuestro estado con una sonrisa, con una posición corporal, con el brillo de la mirada, es cuando debemos preocuparnos por perseguir al causante de nuestro estado, pues a mi romántica manera de ver las cosas, podría tratarse de alguien que la coincidencia cruzo en nuestro camino a manera de regalo.
Es cotidiano admirar la belleza, pero rara vez sentiremos aquel estado de total sumisión mental ante una persona. Cuando aquellas simples palabras escuchadas se tornan la composición mas bella que jamás rozó nuestro tímpano…
Pero es también cuando debemos preocuparnos, pues podría estar a punto de poseernos el estado de falso enamoramiento.
Aquel que engaña a la mente, y tiende sobre nuestros ojos dos telones, a manera de vendas. Vendas que únicamente el creador de estas puede rasgar, insensibles a navajas de amigos que intentan retirarlas por hacernos ver la realidad que creemos imposible. Vendas que logran únicamente idealización de la persona que nos sedujo con la pura mirada. Las cuales, únicamente caerán en su totalidad cuando se vean presas del acido llanto causado por el mismo creador de estas.
Procuremos enamorarnos entonces del físico, del pensamiento y del sentimiento, pues cada aspecto es de carácter indispensable si queremos una relación que no rose con lo fugaz.
Rindámonos al ritual primitivo de seducción y juguemos con el instinto, experimentemos con nuestra naturaleza pasional… Pero mantengámonos alertas cuando nuestra vista comience a menguarse a causa de aquel telón que comienza a bajar, pues una vez toque suelo, nuestra terquedad cortara la soga, condenándonos a ser heridos para despertar de aquella ilusión que jurábamos perfecta.
miércoles, 1 de agosto de 2007
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