Tenemos ya un buen rato sin encontrarnos querida, vieja, desafiante, siempre misteriosa hoja en blanco. Me pregunto si mis fieles manos sabrán esta vez describir las historias que se encuentran en mi mente ansiosas de ser publicadas.
Debo de confesar que no había escrito a raíz de un incidente, que de violenta manera, marcó mi memoria. Tatuó un día en concreto, en mi borroso calendario mental, dejándome recordarlo con lujo ya muy ostentoso de detalles; el morbo, el orgullo, que se yo… ¡Decía! (disculpen, el encantador divague me seduce y sin darme cuenta pierdo a veces dirección) apenas unos minutos después de dicho incidente, tomé la talvez brillante, talvez estupida, talvez solo adecuada decisión de privarlos a ustedes queridos, de mis palabras… Espero haberles robado una burlesca o amable risita con esta ultima línea, solo juego… simple chascarrillo donde me digo ya causante de ansias por leerme, no… claro que no, no soy tan soberbio; me gustaría cambiar ese “no soy” por un “nunca seré” pero quien soy yo para expedir una declaración de futura inmunidad al acoso de la soberbia y presunción…
En fin, la verdadera razón de dicha decisión es bastante compleja de explicar, pero fácil de comprender, me dispongo entonces a idear una línea para describirla:
Quería asimilar por completo dicho incidente para no teñir a mis escritos de inconscientes, crudos, viscerales, sarcásticos, ácidos, disfrazados o sutiles reclamos hacia el causante de aquel amarguisimo trago.
Y no se si juzgar mi decisión de acertada o estupida, pues sé del potencial que alcanzan las palabras cuando mas que formar escritos, forman la furiosa traducción del ardor y la pasión del sentimiento que impregnado en las heridas se conserva aun fresco, irracional, poseedor de ese desvergonzado espíritu que ansía más que nada ser liberado ante su causante, ese espíritu despiadado, vengativo, espíritu que no tarda mucho en comenzar su agonía… Yo lo perdí, lo deje agonizar y lo transformé en orgullo, orgullo que actualmente aún porto con firmeza ante aquel del cual estoy resentido.
Espero haber realizado un buen trabajo al describirles la razón de mi decisión, logrando su comprensión y talvez con un poco de suerte, su empatía.
En el momento menos esperado me asaltó la necesidad de escribir y heme aquí, habiendo ya disuelto cualquier clase de rencor sediento de expresión, decidí que no podía continuar privado de lo que considero mi pasión, privación que yo mismo impuse, pues estaba temeroso de arrepentirme de mis palabras.
Así es entonces, 4:31 de la mañana y me encuentro de nuevo en una orgía con las palabras. Dejándome llevar únicamente por el instinto de expresión que casi se olvidaba de la sensación de ser publicado.
¡He de celebrar entonces! He de gritar, de susurrar, de declamar de nuevo, he de fornicar por enésima ocasión con la libre palabra.
domingo, 19 de agosto de 2007
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