Sin la intención de sufrir amnesia voluntaria, no recuerdo un motivo suficiente para verme presa del cuchillo de este don nadie que se atreve a robarme la vida de una tajada y con descaro cruel, apenas le informo no hay nada más que pueda darle.
Mentido, corrido, golpeado, incluso gritado; cien verbos faltos por practicar que representaban un mejor o peor escape de la situación. Y no es que no se me hayan ocurrido, simplemente no pensé que aquel desquitaría tan rápida y despreocupadamente su enojo contra mi abdomen, tan fácil, tan de repente y tan porque sí. De no haberme penetrado, hasta podríamos haber llegado a un acuerdo donde de alguna rara improvisada manera él saliera ganando algo.
Pensé que mi amabilidad y coloquialismos fingidos de barrio me salvarían, pero en menos de lo que pensé existía en mí la fuga más drástica e incesante de sangre y sueños que había alguna vez pensado sufrir. Y cada segundo consecuente fue de automutilación mental, de visualizar lo que ya no sería, lo que ojala hubiera sido.
La tristeza fue infinita, indescriptible. Sabía que no me alcanzarían los segundos para repasar y lamentarme por todo aquello que deseaba vivir. ¿Despertaría acaso en un hospital? En desorden desfilaron en mi mente mis mil ambiciones y memorias con las palabras “ya no” antepuestas, ambiciones que en eso se quedarían, junto a mi cuerpo muerto y rojo. Quizá yo iba a cambiar el mundo. Quizá no, ¿y qué? Tengo derecho a vivir siendo nadie para el mundo y alguien para mí, de cualquier manera el mundo y sus exigencias son mi penúltima preocupación, y pensándolo así, talvez por eso mismo aquí termina, porque me vale madre que el mundo sea campo de guerra y que yo no me veo ni actuó como un soldado.
Una vida sin vivir me cobra por adelantado un idealismo que no alcancé a desmentir. Y es que yo no suelo pasearme con dinero, si acaso los diez o veinte del camión, a veces porque ahorro y a veces porque nomás no tengo más. De haber sabido que cien o doscientos putos pesos me habrían comprado talvez la salvación de la garra de algún coyote urbano, hubiera cargado siempre con mil por si acaso.
Quien sabe si se llevó mis zapatos o mi boina, no sé que me enojaría más. Y el problema es cuando ya son las ganas de practicar el navajazo, suficientes para finalizar una existencia que tenía demasiados pendientes aquí; seguro más que los que él, seguro mejores.
Por eso yo no creo en el karma. Porque conozco violadores y asesinos con vida y con el culo virgen. Y pues no, nunca desperté en un hospital. Para cuando la ambulancia llegó, ya me había acostumbrado a eso de estar muerto.
lunes, 1 de septiembre de 2008
Ultimísimos divagues.
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