Podría culpar a todo aquello que ha contribuido a generar ese orgullo mío tan propio.
Podría culparme a mí, por no desplegar este solo cuando es debido.
Podría culpar al mundo, a las personas, al cielo y a Buda.
Pero al final, ninguno de ellos irá a juicio, y no está en mis posibilidades pagar un buen abogado.
No encadenaré mi orgullo, pues el acero rodeando el cuello de una bestia mantiene cautiva a la bestia, más no a su instinto y fervor por atacar.
Platicaré conmigo de mis maneras y mecanismos de defensa al momento de una discusión o de una pelea. Me cuestionaré tanto, que comenzaré a pelear. Estaré harto de mis necios argumentos, analizaré como mi otro yo me contradice, y si no lo hace, lo fastidiaré entonces por blando y siguecorriente. Hasta que el muy bastardo se alce en orgullo contra mi. Analizaré sus mañas, sus estrategias y su actitud y lo provocaré más, aunque sea difícil, sé como herir a ese tipo.
Se sale esto de control, la platica se torna discusión, la discusión pelea y los ojos morados. Talvez deba dejarlo por la paz y ceder… ¿ceder? ¿eres imbecil?, antes muerto.
lunes, 1 de septiembre de 2008
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